«Dar razón de la esperanza de ustedes » (1Pe 3, 15) La dimensión intelectual en el proceso formativo del Seminario

Con la vuelta al seminario después de las vacaciones de Navidad, el pasado mes de enero, llegó el período de exámenes en el Istic. Por eso nos ha parecido ésta una ocasión propicia para que podamos, en esta página de Iglesia al Día, ofrecer una reflexión sobre una dimensión de suma importancia en nuestro proceso de formación sacerdotal, como es la dimensión intelectual.

En la exhortación apostólica para la formación de los sacerdotes, Pastores dabo vobis (PDV), de 1992, San Juan Pablo II indicaba las cuatro dimensiones (humana, espiritual, intelectual y pastoral) que deben estar presentes en la formación en el seminario; posteriormente, en 1996, la Conferencia Episcopal Española en su Plan de Formación para los Seminarios Mayores añadirá una quinta: la dimensión comunitaria.

A la dimensión intelectual, el Pontífice dedicaba, ni más ni menos, que seis números (PDV 51-56), haciendo ver así la importancia de este aspecto en la formación de los candidatos al sacerdocio. Los estudios son fundamentales para el futuro sacerdote, quien, en una sociedad tan secularizada como la nuestra, tiene que estar a la altura de los tiempos para poder argumentar la fe, vivida y celebrada, y servir a la Iglesia y al mundo.

Un primer aspecto que conviene aclarar al respecto es que cuando hablamos de la formación intelectual, de los estudios de teología, no podemos caer en un reduccionismo de tipo academicista, pensando que esta dimensión se limita a la mera instrucción académica recibida en el Istic, sino que se trata de una formación integral, que abarca también otros aspectos de la vida humana y social. Por otro lado, tampoco podemos acotar la formación intelectual a los años de seminario, sino que –antes bien– se trata de una formación permanente, como aparece recogido en la PDV, en el Plan de Formación y, más recientemente, en la nueva Ratio Fundamentalis institutionis sacerdotalis publicada el pasado 8 de diciembre por la Congregación para el Clero, en el que se trazan las líneas generales por las que tiene ir la formación sacerdotal; luego tocará a las distintas Conferencias Episcopales adaptarlas a la realidad de cada lugar elaborando los Planes de formación.

Al respecto, leemos en la citada Ratio: «La formación intelectual busca que los seminaristas obtengan una sólida competencia en los ámbitos filosófico y teológico, y una preparación cultural de carácter general, que les permita anunciar el mensaje evangélico de modo creíble y comprensible al hombre de hoy, entrar eficazmente en diálogo con el Mundo contemporáneo y sostener, con la luz de la razón, la verdad de la fe, mostrando su belleza» (n.116).

Además, como se ve en el texto citado, esta formación intelectual tiene una finalidad eminentemente misionera-pastoral: «anunciar el mensaje evangélico» y «entrar eficazmente en diálogo con el Mundo». Esto no quiere decir que se reduzca toda la teología a teología pastoral, pero sí es cierto que la reflexión teológica tiene sus repercusiones en nuestra futura vida de pastores. Para poder acoger la riqueza que nos ofrece la teología, nuestra formación académica se complementa con otras disciplinas; como, por ejemplo, el estudio de la filosofía que nos ayuda a no caer en un dogmatismo académico o en posturas fideístas, sino que nos invita a poner en diálogo la fe y la razón. Asimismo también tiene su relevancia el estudio de las otras ciencias humanas y sociales, como la psicología, la sociología, etc. para contextualizar la teología en el mundo de hoy, con sus posibilidades y desafíos, y conocer mejor al ser humano al que estamos llamados a servir.

Se trata, en definitiva, de estar preparados para dar razón de la fe que profesamos (Cf. 1Pe 3,15), como dice el titulo de este artículo. La tarea no es fácil, pero queremos aprovechar de los medios que se nos ofrecen, en particular desde el Istic, para adquirir esa debida preparación para ser buenos pastores y estar a la altura de la misión que un día se nos conferirá: servir al Pueblo de Dios.

(Artículo publicado en el mensual diocesano Iglesia al Día de febrero de 2017)

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