Mis años en el Seminario

En este año un nutrido grupo de sacerdotes de nuestra diócesis están celebrando sus 25 y 50 años de ordenación sacerdotal, 7 y 6 presbíteros respectivamente. Es un motivo para dar gracias a Dios que ha mantenido a estos curas en su servicio durante tantos años y, también, a ellos por la labor pastoral realizada y que, en su mayoría, siguen realizando.

Desde el Seminario nos unimos gozosos a estas efemérides invitando a uno de los que celebran sus Bodas de Oro, D. Manuel Hernández Navarro, Párroco de S. Juan Apóstol y Evangelista (Cruce de Sardina), a que comparta con nosotros sus vivencias de los años de Seminario, primeramente en Vegueta y, sucesivamente, en los entonces recién estrenados pabellones de Tafira, construidos con tanto entusiasmo y dedicación por Mons. Antonio Pildain Zapiain, en aquel momento Obispo de Canarias.

 

Manuel Hernández Navarro, párroco

Con motivo de las bodas de oro de la ordenación sacerdotal, del Seminario me han invitado a recordar algunas vivencias de mi estancia en el Seminario.

El 8 de noviembre de 1954 entramos en el  Seminario de la calle Dr. Chil 24 chicos, la mayoría de doce años, para comenzar el 1er curso de Latín y Humanidades. Nos conocíamos un poco porque en verano tuvimos una semana de convivencia en el mismo Seminario.

Los cinco cursos de Latín y Humanidades los realizamos en Las Palmas. Comenzamos los tres cursos de Filosofía, estrenando el Seminario Nuevo de Tafira, en el mes de noviembre de 1959. Terminamos la Teología en junio de 1966. De los 24 que entramos, terminamos siete: Juan Barreto, Antonio y Gonzalo Fernández Parrilla, Miguel Jiménez, Antonio Perera, Santiago Suárez y Manuel Hernández; en el 3er curso de Humanidades ingresó Pedro Suárez y a primero de Filosofía, Pedro Monzón, que ya gozan de la presencia de Dios y permanecen en nuestra memoria y en nuestros corazones, porque fueron entrañables amigos y buenos sacerdotes.

Estas son algunas de las vivencias que destaco de nuestra estancia en el Seminario Menor: La experiencia del silencio que reinaba en todo el recinto nos ayudó a interiorizar, a reflexionar. Las largas horas de estudio en el salón de San Luis, los dos primeros cursos, y luego en San Carlos, los tres siguientes, nos contagiaron el hábito del trabajo y la responsabilidad. La meditación y la misa diaria, junto con el rosario y la lectura espiritual, fortalecieron nuestra fe y nos facilitaron los primeros encuentros con el Señor. Las horas del recreo, los breves paseos diarios, por las inmediaciones del Seminario, y sobre todo, los paseos de las tardes de los jueves para jugar al fútbol en las Rehoyas o los domingos para pasear por los barrios y barrancos de la ciudad, iban fraguando en nosotros una buena y sincera amistad que conservamos en el tiempo.

Recordando estas vivencias me vienen a la mente las primeras personas que Dios eligió para llamarme al sacerdocio. D. Andrés de La Nuez, el párroco de Ingenio desde 1944 a 1982, que un domingo, al terminar la misa, me dijo estas palabras: «¿Tú quieres ir al Seminario?». Mi respuesta fue  breve: «Yo se lo digo a mis padres». ¿Qué otra cosa podía responder aquel chiquillo que nunca se le había pasado por la cabeza salir de su pueblo a estudiar, que solo pensaba ser chófer como su padre; que no vivía cerca de la iglesia, como el resto de los seminaristas del pueblo; que solo iba los domingos a misa, como el resto de los niños de aquella época?

Y mis padres, que fueron los que más me han ayudado antes, en y después del Seminario. Solo Dios sabe los sacrificios que hicieron para atender a una familia de siete hijos y preparar todo lo necesario para que uno de ellos fuera al Seminario. Ellos han sido, junto con el sacerdocio, el gran regalo de Dios en mi vida.

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(Artículo publicado en el mensual diocesano Iglesia al Día de julio-agosto de 2017)

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