Una comunidad de discípulos

Entre las novedades que aportan el documento El don de la vocación presbiteral de la Congregación para el Clero sobre la formación sacerdotal encontramos la nueva denominación de las distintas etapas de la formación inicial llevada a cabo en el Seminario. Así la primera etapa, tradicionalmente denominada «de estudios filosóficos», viene ahora llamada etapa «discipular», «durante la cual se invierten todas las energías posibles para arraigar al seminarista en el seguimiento de Cristo, escuchando su Palabra, conservándola en el corazón y poniéndola en práctica» (n. 62). A continuación presentamos el testimonio los tres seminaristas que se encuentran en dicha etapa discipular y que se han incorporado en este curso a nuestro Seminario.

Alejandro Carmona Arrocha (Arrecife, Lanzarote)

Hola, me llamo Alejandro y soy seminarista de primer curso. Entré al seminario el pasado 7 de septiembre, seguro del paso que estaba dando, pero con alguna duda. ¡Me hacía tantas preguntas! ¿Estaré actuando correctamente? ¿Esto es lo que Dios me pide? ¿Cómo será el seminario? ¿Qué me voy a encontrar? ¿Cómo serán los compañeros? Pero aún así, me fié del Señor, pues sabía que esto era algo entre Él y yo. Cuando entré, me encontré con una comunidad fraterna que, desde el primer día, me hizo sentir como uno más, acogido y querido. Solo han pasado cuatro meses desde entonces, pero, sin embargo, siento como si llevara años en el seminario. Para mí, el seminario se ha convertido en una familia, un regalo de Dios. Es algo que me ha sorprendido gratamente, pero así es Dios, siempre nos sorprende. Y lo ha seguido haciendo durante todo este tiempo a través de pequeños detalles, de pequeños gestos que me han hecho saber que en este proceso de discernimiento el verdadero protagonista es Dios, es Él quien me lleva de la mano, es Él el que nunca me abandona. En estos meses he podido experimentar la felicidad y la paz que se siente al aceptar la voluntad de Dios. Quiero ser sacerdote y entregar mi vida a Dios y al servicio de su pueblo porque he conocido a un Dios que me ha cambiado la vida, que me ha cautivado. Para ello, se que el seminario me ayudará a convertirme en, como dijo el Papa Benedicto XVI el día de su elección, «un humilde trabajador en la viña del Señor». ¡Gracias, Señor, por tus sorpresas agradables! ¡Gloria a Ti por siempre!

Yeray Martel Caballero (Cazadores, Telde)

El Seminario Mayor es una comunidad de vida compartida, formada por jóvenes creyentes que deseamos vivir con ilusión y entusiasmo el espíritu del Evangelio. En esta tarea, seguir a Cristo es una decisión. No se trata tan sólo de ser piadosos, sino más bien es necesario pisar tierra. Los seminaristas no vivimos en un castillo espiritual, se requiere de una base humana. También es cierto que es duro vivir sin amor a Dios, porque el alma queda entonces sumida en las tinieblas y en la pena. Sin embargo, cuando el amor embarga al alma, su alegría es indescriptible. Esa alegría se refleja en el alma de un seminarista, quien como la inmensa mayoría de hombres y mujeres, andamos de prisa y, no obstante, nos detenemos a orar porque sentimos la necesidad de hablar con Dios para decirle a Él lo que nunca diríamos a otros. El Seminario, si bien es una forma de encuentro con Dios, contribuye al enriquecimiento personal del individuo y, ante cualquier interrogante sobre una posible vocación sacerdotal, se erige como el lugar idóneo para despejar dicha incógnita.

Samuel Rubio González (Arbejales, Teror)

Desde la experiencia del tiempo vivido en el seminario, y como si estuviera ojeando un álbum de fotos y recordando cómo ha sido el proceso de mi historia vocacional, me atrevo a sacar unas conclusiones de lo que voy viviendo y quiero vivir: Primero, gratuidad. No creo tener mayor mérito que el cotidiano esfuerzo, muchas veces imperfecto, de querer estar a la altura de las expectativas que Dios, el seminario y la gente que forma parte de mi vida. Segundo, comunitario. No me imagino otro lugar mejor para realizar mi llamada que dentro del seminario y lo que vivo cada día con mis hermanos y formadores. Tercero, con la mirada puesta en ser sacerdote y desde ya ir forjando un corazón semejante al de Cristo Buen Pastor. Cuarto, la vocación como un proceso dinámico, con sus luces y sus sombras, sus aciertos y desaciertos. Leía no hace mucho una cita que decía lo siguiente: «La vocación es como un itinerario con señales de pista. Cada señal te lleva a la siguiente sin saber el término definitivo. Más que un conocimiento del futuro es una correspondencia amorosa. Es una amistad». Después de haber forjado y cimentado la fe en mi familia, en mi comunidad parroquial, etc. Ahora continuo en el Seminario Diocesano de Canarias, donde seguiré dando forma y moldura a la llamada que el Señor me hizo un día.

 Primera etapa 2017-18

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