El don de la vocación presbiteral

Éste es el título que la Congregación para el Clero, la instancia vaticana encargada, entre otros asuntos, de los temas relativos a los seminarios y al clero, publicaba la nueva Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis el pasado 8 de diciembre de 2016. Un documento que recoge las líneas principales por lo que se refiere a la formación sacerdotal: tanto la formación inicial, la que se recibe en el Seminario, como la permanente, que acompaña toda la vida del sacerdote.

La misma Congregación para el Clero organizó en Roma, en octubre pasado, un Congreso Internacional sobre la nueva Ratio en el participaron numerosos Obispos y Rectores de todo el mundo, y que concluyó con una audiencia concedida por el Santo Padre. Entre los que fueron invitados a participar de España, encabezados por Mons. Joan-Enric Vives, Obispo presidente de la Subcomisión episcopal de Seminarios, se encontraba nuestro rector, Salvador Santana, a quien hemos pedido que comparta con nosotros sus vivencias de esos días.

Salvador Santana

Durante los días 4 al 7 de Octubre se celebró en Roma el Congreso Internacional sobre la Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis. «El don de la vocación presbiteral». Tuve la gracia de participar en el mismo como miembro de la Comisión de los Seminarios de España que preside Mons. Joan-Enric Vives.

Ha sido una experiencia de trabajo serio e intenso, muy rica en contenido, a la vez enriquecedora al compartir experiencias con el conjunto de los participantes. Todos los ponentes fueron grandes testimonios eclesiales del momento actual que vive la Iglesia universal.

En forma de una breve síntesis, aprovecho esta oportunidad, para compartir, en particular, las grandes líneas generales del citado Documento por lo que se refiere a la formación inicial o los años de seminario. Este proceso consta de cuatro etapas:

  • Propedéutica: Se trata de un primer momento fundamental para el proceso del futuro seminarista. Conlleva la vida comunitaria, espiritual y el discernimiento vocacional. En este primer momento se pretende alcanzar un mayor autoconocimiento de sí mismo y una vida seria de oración y espiritualidad. A ser posible, debe realizarse en un lugar fuera del Seminario y con un sacerdote acompañante.
  • Discipular o de estudios filosóficos: el discipulado ha de ser una nota distintiva que marque el itinerario de toda la vida. No se trata de una conquista personal, ni formar burócratas o funcionarios, sino de discípulos que caminan en el mismo camino de su Señor. Es una experiencia discipular que acerca a Cristo y le mete en su corazón; que acompañar toda la vida y abarca a toda la persona. En ella se ha de destacar la formación humana. El discípulo del Siervo y Buen Pastor es llamado a asumir todo lo humano de Cristo.
  • Configuradora o de estudios teológicos: el Seminario está para formar discípulos misioneros configurados con Cristo. Se trata de un futuro pastor que se va configurando con Cristo: lo busca, lo conoce, lo ama y lo sigue. Como afirma el Papa Francisco: «Su corazón se tiene que conmover ante sus ovejas como servidor de todos».
  • Pastoral o de síntesis vocacional: en esta etapa hay que exigir el alcance del discernimiento sobre sí mismo y sobre el ámbito pastoral. En el ámbito personal buscando la voluntad de Dios, cuidando la propia interioridad. Es un camino permanente de dones y fragilidades que hay que reconocer, asumir e integrar. El seminarista en esta etapa ha de ser consciente de que él mismo es un paralítico curado que acepta sentirse cargo de su destino: estar cerca de los abandonados.

Cada una de estas etapas ha de integrar durante todo el proceso formativo las siguientes dimensiones: humana, espiritual, intelectual y pastoral. Además, todo inserto en un único proceso de formación con estas características: único, integral, comunitario y misionero. Se trata de un proceso integral y progresivo que dura toda la vida del presbítero, y que se distingue en dos fases: inicial y permanente. La inicial se desarrolla en el Seminario, y la permanente, utilizando la etapa pastoral como puente para la ella, que, como bien se insiste, dura toda la vida del sacerdote.

Esta es la misión del Seminario: formar pastores, discípulos misioneros, amigos íntimos del Señor. Hombres que tengan la mirada y los sentimientos de Cristo Jesús, como pastores y samaritanos del pueblo de Dios. Llamados a reproducir los gestos y palabras de Jesús, Siervo y Pastor. La Ratio Fundamentalis nos invita a crear una espiritualidad sacerdotal desde la pastoral presbiteral.

Concluyo insistiendo en la importancia de la formación con las palabras que el Papa Francisco nos dirigió en la audiencia que tuvimos el último día: «El tema de la formación sacerdotal es crucial para la misión de la Iglesia: la renovación de la fe y el futuro de las vocaciones sólo es posible si tenemos sacerdotes bien formados».

(Artículo publicado en el mensual diocesano Iglesia al Día
de noviembre de 2017)

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Salvador Santana, junto a Mons. Jorge Patrón y otro Rectores en una de ls reunioes de los grupos de trabajjo

«Dar razón de la esperanza de ustedes » (1Pe 3, 15) La dimensión intelectual en el proceso formativo del Seminario

Con la vuelta al seminario después de las vacaciones de Navidad, el pasado mes de enero, llegó el período de exámenes en el Istic. Por eso nos ha parecido ésta una ocasión propicia para que podamos, en esta página de Iglesia al Día, ofrecer una reflexión sobre una dimensión de suma importancia en nuestro proceso de formación sacerdotal, como es la dimensión intelectual.

En la exhortación apostólica para la formación de los sacerdotes, Pastores dabo vobis (PDV), de 1992, San Juan Pablo II indicaba las cuatro dimensiones (humana, espiritual, intelectual y pastoral) que deben estar presentes en la formación en el seminario; posteriormente, en 1996, la Conferencia Episcopal Española en su Plan de Formación para los Seminarios Mayores añadirá una quinta: la dimensión comunitaria.

A la dimensión intelectual, el Pontífice dedicaba, ni más ni menos, que seis números (PDV 51-56), haciendo ver así la importancia de este aspecto en la formación de los candidatos al sacerdocio. Los estudios son fundamentales para el futuro sacerdote, quien, en una sociedad tan secularizada como la nuestra, tiene que estar a la altura de los tiempos para poder argumentar la fe, vivida y celebrada, y servir a la Iglesia y al mundo.

Un primer aspecto que conviene aclarar al respecto es que cuando hablamos de la formación intelectual, de los estudios de teología, no podemos caer en un reduccionismo de tipo academicista, pensando que esta dimensión se limita a la mera instrucción académica recibida en el Istic, sino que se trata de una formación integral, que abarca también otros aspectos de la vida humana y social. Por otro lado, tampoco podemos acotar la formación intelectual a los años de seminario, sino que –antes bien– se trata de una formación permanente, como aparece recogido en la PDV, en el Plan de Formación y, más recientemente, en la nueva Ratio Fundamentalis institutionis sacerdotalis publicada el pasado 8 de diciembre por la Congregación para el Clero, en el que se trazan las líneas generales por las que tiene ir la formación sacerdotal; luego tocará a las distintas Conferencias Episcopales adaptarlas a la realidad de cada lugar elaborando los Planes de formación.

Al respecto, leemos en la citada Ratio: «La formación intelectual busca que los seminaristas obtengan una sólida competencia en los ámbitos filosófico y teológico, y una preparación cultural de carácter general, que les permita anunciar el mensaje evangélico de modo creíble y comprensible al hombre de hoy, entrar eficazmente en diálogo con el Mundo contemporáneo y sostener, con la luz de la razón, la verdad de la fe, mostrando su belleza» (n.116).

Además, como se ve en el texto citado, esta formación intelectual tiene una finalidad eminentemente misionera-pastoral: «anunciar el mensaje evangélico» y «entrar eficazmente en diálogo con el Mundo». Esto no quiere decir que se reduzca toda la teología a teología pastoral, pero sí es cierto que la reflexión teológica tiene sus repercusiones en nuestra futura vida de pastores. Para poder acoger la riqueza que nos ofrece la teología, nuestra formación académica se complementa con otras disciplinas; como, por ejemplo, el estudio de la filosofía que nos ayuda a no caer en un dogmatismo académico o en posturas fideístas, sino que nos invita a poner en diálogo la fe y la razón. Asimismo también tiene su relevancia el estudio de las otras ciencias humanas y sociales, como la psicología, la sociología, etc. para contextualizar la teología en el mundo de hoy, con sus posibilidades y desafíos, y conocer mejor al ser humano al que estamos llamados a servir.

Se trata, en definitiva, de estar preparados para dar razón de la fe que profesamos (Cf. 1Pe 3,15), como dice el titulo de este artículo. La tarea no es fácil, pero queremos aprovechar de los medios que se nos ofrecen, en particular desde el Istic, para adquirir esa debida preparación para ser buenos pastores y estar a la altura de la misión que un día se nos conferirá: servir al Pueblo de Dios.

(Artículo publicado en el mensual diocesano Iglesia al Día de febrero de 2017)